Me sumerjo en las aguas cristalinas

Al llegar el verano
me sumerjo en las aguas cristalinas,
en su seno yo nado,
despertando a la vida
y percibo la sangre que me anima.

Peculiar sensación
la que envuelve este líquido elemento,
que despeja el calor
y me acoge en su adentro
uniendo la periferia y el centro.



Alegría de mil soles


Cada vez que observo la ciudad
encaramada al alero de un tejado,
se me inflaman las ganas de volar,
de elevarme más allá del mundo dado.
Me zambullo sin red
en las brumas de un ensueño imaginado,
y en lugar de caer,
los vientos disuelven mis costados,
me deslizo siendo aire
sobre inclinadas buhardillas,
y al final de cada  calle
me esperan las cosquillas
de las copas de los árboles
que bailan como niñas.

Alegría de mis soles,
que iluminan mis  tardes de chiquilla.



Guardianes de la vida

Late la vida en la pequeña flor,
late en el árbol, late en la marea,
en los trinos de bosques que verdean,
en la luz, y en los tonos de mi voz.

Mece su ritmo, pausado y veloz,
arrullo de los hijos de la tierra,
que impulsando el avance de las eras,
nunca olvida vibrar en mi interior.

Aun por muros de asfalto aprisionada,
ella bulle y rezuma liberada,
y aunque hoy insondables son sus planes,
mostrará, ya llegando la alborada,
que con su mano paciente, callada,
ha forjado en nosotros, sus guardianes. 


Transparente


Soy uno con la vida
que fluye y me atraviesa,
soy el lienzo puro
donde expresa
el mundo su belleza.

En mi el todo respira,
emana como fuente
y yo me vuelvo mudo,
transparente,
eterno es mi presente. 

 

Reverencia

En las hojas que al viento se mecen tranquilas,
en los suaves destellos que el bosque iluminan,
en el dulce susurro del verde frescor,
se revela la vida con todo esplendor
y en su presencia
pido al ruido mundano que se acalle,
pues solo puedo admirar con reverencia
la belleza que emana en cada detalle.






Brisas de otros mundos

Es sutil la brisa
que sopla
y te acaricia,
pues su esencia misma
pertenece a otra
realidad.

Y al sentir en ti su vibrar ligero
puedes percibir luces de otros mundos…
permitiendo arar en suelo fecundo
florecerán
las piedras de tu invierno,
descorriendo el velo
que te une con lo eterno.



Siendo

Siendo,
sin saber mi camino,
me desprendo,
escuchando me miro,
y aprendo,
que este mundo es mentira,
solo un velo,
con que viste la vida
su existir verdadero.
Y al sentir lo inmaterial,
comprendo,
que mi ser es inmortal,
eterno,
que yo soy la inmensidad,
siendo.




Centro

Volando sin rumbo hacia la nada,
portando mi fuego en la mirada,
avanzo por este mundo
sintiendo mi ser presente,
al tiempo me elevo y hundo,
siempre mirando al frente.
Y al hendir la tierra
rozando el cielo
mi camino encuentro,
el sentir me lleva
donde acaba el suelo:

Es mi centro.

Alzando el vuelo
cuanto en mi aún queda
lo llevo dentro,
en mi lo velo
aun estando fuera.
Hoy todo es diferente,
al tiempo yermo y fecundo,
pie, corazón y mente
elevo y en uno fundo.
Portando mi fuego en la mirada,
volando sin rumbo hacia la nada.





Mundos diferentes

Mundos diferentes,
mil vidas,
mil gentes,
cambia la misma tierra
cuando caminas sobre otras suelas.



Los colores de la creación


Durante eones dormitó en la oscuridad de lo eterno, flotando en el vacío indiferenciado. Durante eones fue aprendiendo a Ser, escuchando tan solo su silencio interno.

Sintió nacer en sí el impulso creador, lo vio revolotear en sus entrañas empujándolo hacia algo. Lo incubó con cuidado hasta que este fue tan grande que no pudo retenerlo más. Pronunció entonces la primera palabra y dijo “Hágase la luz”.

Un resplandor comenzó a llenar el espacio inconmensurable. En perfecta simetría, su pureza irradió en todas direcciones despejando las densas sombras que poblaban los rincones del universo. Giró, giró, y volvió a girar…. bañándolo todo con su blanca claridad. Fue Sol y se dio por completo en su radiar.

Percibió cómo lo indiferenciado comenzaba a diferenciarse, su luz se fue densificando y trazas amarillas comenzaron a teñir la blancura de su ser cósmico. Abandonando la simetría, donó sus áureos rayos a la tierra recién aparecida, su Yo encontró en ella un punto de anclaje y feliz por su nueva obra, irradió veloz al infinito. Fue el alado mensajero de la luz, alcanzando los más lejanos vacíos.

Calmó poco a poco su euforia, aprendiendo a escuchar cuanto le rodeaba. Inclinado hacia el cosmos, abrió un espacio para la vida, que bajo sus pies crecía. Palpó en amorosa entrega el verde extenso de las praderas sin frontera, y fue madre de los seres que en ellas se esparcían.

Se observó entonces a sí mismo como centro del todo y descubrió en su interior una fuerza capaz de soportar el universo. Vio subir el rojo de su voluntad desde las profundidades de sus abismos hasta las más elevadas alturas. Sintió el poder que habitaba en su interior, fogoso y marcial a una, doblegándose para proteger el mundo.

Se elevó por encima de sus límites hasta verse desde fuera, aplacó su ímpetu y un plácido resplandor naranja llenó su alma con la paz del que nada espera. Abarcó la totalidad con su sabia mirada y reconociéndose responsable de la existencia, quiso comprender sus confines.

Llegó a los límites del tiempo que él mismo había creado, y observó cómo el níveo azul de la bóveda celeste se había ido densificando con el trascurrir de las eras. Infinitas edades habían pasado desde que el espacio naciera como receptáculo inicial del todo, su primigenio calor se había ya enfriado, y un denso azul marino daba hoy fe de la profunda  oscuridad que un día fue iluminada.

Desde la más lejana esfera volvió a interiorizarse en su punto central, se sumergió en el océano violeta del dejar hacer, que impregnó sus recodos hundiéndole en la pesantez. Se entregó por completo, perdiendo su propio movimiento, feliz de reflejar la luz de otros. Y fue este último y voluntario sacrificio el que permitió a su creación replicarse, observarse a sí misma en su espejo y ser una con su creador, descubriendo en su interior el sendero de vuelta a lo eterno.